El Festival de Rock y Ruedas de Avándaro, celebrado en septiembre de 1971, es retratado a través de la visión del director mexicano José Manuel Cravioto (Diablero, Olimpia) y propone en Autos, mota y rocanrol algo completamente distinto: quitarle solemnidad al mito y abordarlo desde la sátira, el falso documental y el humor corrosivo.

   La premisa de la cinta abraza el absurdo de la realidad histórica: dos jóvenes de clase alta —interpretados con un excelente tino cómico por Alejandro Speitzer y Emiliano Zurita— solo querían organizar una carrera de coches de fin de semana en el Estado de México, amenizada por unas cuantas bandas de rock locales para atraer público. Sus proyecciones eran modestas, apenas esperaban unas 25 mil personas.

   El conflicto estalla cuando el evento se transforma en un tsunami generacional incontrolable. Al lugar no llegan miles, sino más de 200 mil jóvenes hambrientos de libertad, música y psicodelia. A partir de ahí, el guion se convierte en una maravillosa y desastrosa crónica de enredos donde los organizadores intentan desesperadamente apagar fuegos operativos, mientras el gobierno (paranoico tras las heridas aún abiertas de 1968 y el Halconazo) encuentra el blanco perfecto para satanizar a la juventud.

Ritmo videoclipero y colmillo político

El mayor acierto de Cravioto radica en su agilidad visual. Apoyado en una fotografía vibrante que emula la textura de los años 70 y un montaje rítmico, la película rompe constantemente la cuarta pared. El elenco funciona de maravilla al encarnar a estos "juniors" completamente rebasados por la realidad social de su propio país.

   Bajo las capas de chistes sobre fallas técnicas y el consumo de hierba, la cinta no pierde el colmillo político: hay una crítica punzante hacia el conservadurismo de la prensa de la época —que tachó el festival de "orgía hippie"— y hacia un régimen que le temía a cualquier aglomeración juvenil.

Veredicto de El Telón: Autos, mota y rocanrol destaca en la cartelera como un ejercicio fresco e irreverente. Nos recuerda que la contracultura en México no nació de un plan maestro de revolución, sino de un feliz, monumental y ruidoso accidente que el sistema fue incapaz de domesticar. Una comedia necesaria para desmitificar nuestra historia con una buena dosis de distorsión.