Hay actrices que interpretan personajes y hay actrices que crean mitos. Catherine O’Hara pertenece, sin duda alguna, al segundo grupo. Con una carrera que abarca más de cuatro décadas, la intérprete canadiense ha logrado lo que muy pocos en Hollywood consiguen: mantenerse vigente, relevante y adorada por tres generaciones distintas de cinéfilos y televidentes, todo gracias a un instinto cómico afilado como un bisturí y una capacidad inigualable para la excentricidad sofisticada.

   Los cimientos de su inmortalidad en la cultura pop se moldearon a finales de los años 80 y principios de los 90 a través de dos roles diametralmente opuestos pero igualmente icónicos. Primero, de la mano de Tim Burton en Beetlejuice (1988), donde dio vida a Delia Deetz, una artista conceptual pretenciosa y desquiciada; la mítica escena de la cena donde es poseída para bailar al ritmo de "Banana Boat Song (Day-O)" es, por derecho propio, historia pura del cine.

   Poco después, O'Hara se convirtió en "la madre de América" al interpretar a Kate McCallister en Home Alone (Mi pobre angelito, 1990). Su desesperado y desgarrador grito de "¡KEVIN!" en medio del aeropuerto traspasó la pantalla para convertirse en un meme atemporal y en el reflejo definitivo de la angustia cómica navideña.

El renacimiento dorado: El fenómeno de Moira Rose

Cuando muchos pensaban que su legado estaba cobijado en la nostalgia, la televisión le otorgó el papel que redefiniría su carrera para las nuevas generaciones en la multipremiada serie Schitt's Creek (2015-2020). Su interpretación de Moira Rose, una exactriz de telenovelas caída en desgracia, con un armario repleto de pelucas extravagantes y un acento transatlántico completamente inventado, fue un tsunami cultural.

   Este personaje no solo le valió el premio Emmy a la Mejor Actriz en 2020, sino que la coronó como un icono de la moda de vanguardia, demostrando que la comedia inteligente liderada por mujeres maduras tiene un poder de convocatoria global implacable.

Veredicto de El Telón: Catherine O’Hara es el testimonio vivo de que la verdadera comedia no envejece; al contrario, se vuelve más elegante, sofisticada y necesaria con el paso del tiempo. Una fuerza de la naturaleza escénica que, con cada gesto y cada mirada, nos recuerda por qué el cine y la televisión necesitan siempre una dosis de maravillosa locura.