El regreso de Bong Joon-ho tras el tsunami histórico de Parásitos no podía ser una apuesta ordinaria, y con Mickey 17 el cineasta coreano demuestra que su salto al presupuesto multimillonario de Hollywood no ha ablandado en lo más mínimo su afilado colmillo satírico. Lejos de filmar una odisea espacial solemne o un drama existencialista denso sobre la clonación, el director convierte la novela de Edward Ashton en una comedia negra brillantemente corrosiva y asfixiante que utiliza los códigos de la ciencia ficción dura para dinamitar el absurdo del corporativismo contemporáneo y el valor de desecho que el sistema le otorga a la vida humana. En este gélido e implacable planeta alienígena, la inmortalidad no es un milagro de la ciencia, sino la peor de las jornadas laborales: un bucle infinito donde el protagonista es obligado a morir de las formas más dolorosas posibles solo para ser impreso de nuevo en 3D con la única finalidad de seguir obedeciendo órdenes.
La película brilla al retratar a Mickey Barnes (un Robert Pattinson extraordinario en su doble papel) como el empleado precarizado definitivo. Él no es un héroe espacial; es un "Prescindible", el eslabón más bajo de una colonia donde sus muertes recurrentes —ya sea quemado, congelado o desmembrado— son tratadas con la misma fría burocracia con la que se reporta una fotocopiadora descompuesta en una oficina actual. El verdadero caos estalla cuando un error de impresión hace que dos versiones de Mickey coincidan al mismo tiempo, convirtiendo un drama de supervivencia en una comedia de enredos letal dentro de una estructura militarizada que no tolera los excedentes.
Visualmente, Bong Joon-ho se divierte usando los recursos de un gran estudio para crear un mundo que se siente tan inmenso como claustrofóbico. La paleta de colores grises y metálicos refuerza la deshumanización de la colonia, mientras que el diseño de sonido convierte cada deceso de Mickey en un chiste cruel pero efectivo. Acompañado por un elenco secundario brillante, donde Steven Yeun y Toni Collette encarnan a la perfección la psicopatía de los mandos medios y los burócratas coloniales, el director surfea la tensión entre la violencia gráfica y la risa nerviosa.
Al final, Mickey 17 es mucho más que un espectáculo de ciencia ficción; es una bofetada maestra a la cultura del esfuerzo extremo y a la despersonalización del trabajo moderno. Bong Joon-ho firma una obra tan divertida como pesimista, recordándonos que el espacio exterior puede estar lleno de monstruos y atmósferas tóxicas, pero nada da más miedo que un contrato laboral abusivo del que no puedes escapar ni volviendo a nacer.