Si salieras a la calle y le pidieras a diez personas que dibujen a Frankenstein, la mayoría pintaría a un gigante verde con tornillos en el cuello y frente cuadrada. Si les preguntas quién es, te dirán que es el monstruo. Sin embargo, si Mary Shelley levantara la cabeza, se llevaría las manos a la frente: hemos pasado más de un siglo llamando a la criatura por el nombre de su creador.

   Este es, sin duda, uno de los malentendidos más grandes, persistentes y fascinantes de la cultura pop. Pero, ¿por qué nos confundimos tanto y cómo se llama realmente el "monstruo"?

El verdadero Frankenstein es el doctor

En la novela original publicada en 1818, Víctor Frankenstein no es una criatura hecha de retazos de cadáveres; es un joven y ambicioso estudiante de medicina de Ginebra, Suiza. Víctor es el científico obsesionado con vencer a la muerte, el hombre que juega a ser Dios y que, mediante un proceso que mezcla química, alquimia y electricidad, logra dar vida a materia inerte.

¿Y el monstruo? En todo el libro, la criatura no tiene nombre.

   Al no recibir un nombre de pila por parte de su creador (lo que simboliza el abandono total de un padre hacia su hijo), el propio Víctor y el narrador se refieren a él con adjetivos despectivos: el monstruo, el demonio, el engendro, el miserable, la criatura o el ser.

Dato curioso: En una parte de la novela, el propio monstruo se define a sí mismo con una carga trágica brillante, diciéndole a Víctor: "Debería ser tu Adán, pero soy más bien el ángel caído".

¿Por qué todo el mundo se confunde? Culpa a Hollywood

La culpa de esta confusión masiva la tiene el cine, específicamente las adaptaciones de la época dorada del terror de Universal Pictures.

   En 1931 se estrenó la mítica película Frankenstein, protagonizada por Boris Karloff. El título del filme era el apellido del doctor, pero el impacto visual del monstruo fue tan brutal, tan icónico, que para el público el título de la película se convirtió automáticamente en el nombre del personaje.

   A esto se sumó que Universal explotó el éxito con secuelas como La novia de Frankenstein (1935) o El hijo de Frankenstein (1939). Aunque los títulos técnicamente hacían referencia a la estirpe del doctor Víctor Frankenstein, en los pósters e imágenes promocionales siempre aparecía el monstruo gigante. Para el espectador promedio, el empaque y el contenido se volvieron una misma cosa.

¿Por qué importa esta distinción?

No se trata solo de un capricho para ganar en los juegos de trivia. Entender que Frankenstein es el científico cambia por completo el significado de la historia.

   El verdadero trasfondo de la obra de Mary Shelley es una advertencia sobre la responsabilidad ética de la ciencia y el abandono. Al quitarle el nombre a la criatura, Shelley nos muestra a un ser despojado de identidad, rechazado por la sociedad solo por su aspecto físico. Al final del día, la novela nos invita a hacernos la pregunta filosófica definitiva: ¿Quién es el verdadero monstruo? ¿La criatura que mata por dolor y soledad, o el científico arrogante que la creó y la abandonó a su suerte?

   Así que la próxima vez que veas al gigante de los tornillos en Halloween, recuerda: ese es el monstruo. Frankenstein es el hombre que lo abandonó en la oscuridad.